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Jesusito o la Tona

Por Rubén García Garrcía - 6 de Septiembre, 2007, 21:00, Categoría: Cómo cuento mis cuentos

Jesusito o la tona
Cuando doña Jesusa olisqueó los bombones de chocolate que su marido le había traído de la ciudad, no pudo evitar el regato de saliva y después la náusea que finalizó bañando con un abundante vómito la cara de don Aureliano. Supo entonces que estaba embarazada. Cercana a los 45 años y con nietos, consideró su situación como inadmisible. Pero ni los remedios, ni el susto de la creciente, consiguieron la promesa de un aborto. El único sangrado que vio, fue en la epifanía del nacimiento.
A la media noche fueron por doña Godeleva, la partera del pueblo, pues los dolores de Susita, como su marido le decía cariñosamente, habían empezado.
Años después, la comadrona recordaría que el parto había sido muy rápido y con poca agua. Un varoncito largo y de pecho pronunciado, que daba tremendos gritos; tan agudos como el de las chachalacas en el atardecer.
Era noche de plenilunio y soplaba el viento, haciendo bambolear los carrizales cuando ella llegó, justo en el instante que el chamaco era expulsado, y tuvo que auxiliarse con los brazos para que no cayera al suelo.

—Tuviste un machito —le había dicho a la madre mientras le cortaba el cordón.
—Era largo, y cuando sostuve su cuerpo lechoso y liviano como una pluma, me di cuenta de la protuberancia en el pecho — comentaba con otras mujeres, mientras lavaban en el río.
—A la medianoche pedí ceniza, y con ella tracé un camino que circundara la casa. Muy de mañana fui, y lo recorrí palmo a palmo para ver qué huellas de animal encontraba, pero no divisé rastro alguno y me quedé preocupada, pues él no tendría quien lo cuidara en la vida —no tendría tona— sólo vi las cenizas dispersas por el viento que ascendían como viejas hojas. El ombligo lo enterré bajo el árbol de sombrerete, deseando al menos que lo protegiera un ser vivo; pero nunca supe qué animal cuidaría a Jesusito, y todas sabemos que un niño sin tona, es medio niño.
Cursaba el tercer año de la primaria: la gente lo apodó “el güero”. Su maestra, Conchita, agregó que él era como una figura volátil.
—No es mal alumno y es muy obediente; tiene aptitudes para algo, pero no sé que es —trataba de explicar.
— ¡Cuántas veces, con el corazón en la boca, tuve que llamar a los vecinos para que me ayudaran a bajarlo de las ramas! Después, sólo me encomendaba a Dios para que no le pasara nada.
Él caminaba como si la vereda estuviera rebalsada por el agua y buscara el caparazón de las piedras para poder asentar el pie y no hundirse. Cuando lo veían  de lejos,  lo reconocían por su manera de caminar.
Mientras los niños jugaban a darle patadas a una pelota desinflada en el campo pedregoso de la escuela, él se distraía observando a los pájaros.
Aunque sus ojos negros eran protuberantes, la mirada le arrancaba desde adentro.
Su cabello lacio, de color rojo pálido, que le hacía juego con las cejas gruesas, parecidas al tinte de la zanahoria, caía tapándole las orejas. Sus manos grandes y callosas contrastaban con su figura delgada, casi etérea. No era hostil ni mezquino. Sabía juntarse, sólo que él, era más proclive a la soledad.
En una de esas noches en que el sueño se aleja, sus padres cuchicheaban.
—No me gusta cómo es. Salió melindroso para comer. Está flaco, estirado, parece carrizo tierno y casi no habla. ¿Tendrá algo? Es diferente a sus hermanos...
— ¿Qué será bueno para nuestro hijo? —le decía don Aureliano a su esposa bajo el cobijo de la noche.
—No sé.
— ¿Qué te ha dicho la maestra?
—Que no le gusta jugar y es muy serio
— ¿Pero aprende?
—Sí, dice que no es burro
— ¿Y el cura? ¿Le has preguntado al cura?
—Sí, pero...
—Pero, ¿qué?
—Que lo educamos mal.
— ¿Por qué?
—Pues parece que él no le besa la mano y, cuando lo ve rezando, lo hace para dentro; hasta parece que se ríe.
— ¿Qué crees que sea bueno para el niño?
—A lo mejor algo lo espantó. Recuerda que la partera nos dijo que el niño no tiene tona. Ya ves que me embaracé poquito antes de la creciente.
—Lo llevaremos con don Andrés, que es bueno para sacar malos espíritus.
Hablaron con el curandero y convino en limpiarlo del espanto, aunque les mencionó que no sería fácil ya que se le había metido durante la gestación, cuando el alma también estaba tierna.
Fueron citados a la hora en que el color del cielo del atardecer se confunde con la alborada. Previamente, lo bañaron con hojas de albahaca, y la noche anterior había dormido con un collar de ajos al lado de la almohada.
Cuando vio al niño, sus fosas nasales se le dilataron, inspiró profundamente, empezó a eructar y mover la cabeza como si se espantara las moscas.
—El niño tiene algo, mi estómago me dice, el aire me dice.
— ¡Qué! — exclamaron al mismo tiempo los padres.
—No sé aún. Pero, ¿trajeron los huevos?
—Sí.
— ¿Son de la gallina que les pedí?
—Sí, sin plumas en el cuello, rayada y de color pardo.
Caminó llevando al pequeño de la mano, que confiado se dejó conducir. El consultorio estaba adornado por retratos de Cristo que colgaban sobre la pared, al centro había una gran mesa y, sobre ella, un mantel blanco con los bordes de encaje que casi tocaban el suelo de tierra boleada; figuras de barro representando a la Virgen de Guadalupe, San Antonio, San Judas Tadeo y en la orilla una cabeza de piedra vieja, con la mirada encendida: era la estatua de un dios azteca que inspiraba temor. Dispersos, media docena de cirios ardiendo.
—No tengas miedo, te untaré el cuerpo con estas hojas del negro y después trataré de saber qué tienes dentro. Pasaré los blanquillos de gallina parda desde tu cabeza a los pies y, al reventarlos dentro de un vaso con agua, la figura que se forme me dirá lo que tienes. Quítate la camisa.
Abrió los brazos y dijo oraciones apenas susurradas, mientras entornaba los ojos, con la cara mirando al cielo. Se mantuvo así largo tiempo. Los ojos de Jesusito iban de un lado a otro, y bajo sus pies descalzos sintió el grueso de unas raíces; recordó que afuera crecía un enorme mango y no le fue difícil descubrir que el suave frescor era debido a la sombra que caía sobre el techo de palma.
—Ven, acércate —le dijo el curandero.
Empezó a golpearlo suavemente con un grueso de ramas y hojas en el pecho, la espalda, las nalgas y al hacerlo, salían olores vagos; después fueron tan penetrantes que conferían al ambiente un aroma a hierba restregada, más otro perfume intenso que era indefinible. El brujo rezaba en dialecto, con palabras ininteligibles que mezclaba con regüeldos, convulsiones y temblores. Luego bebió de la botella que contenía caña mezclada con menta y hierbabuena, y dos sorbos generosos resbalaron por su garganta. Después tomó otro trago, que mantuvo en la boca hasta que lo dispersó sobre la espalda del niño quien, al sentir el frío intenso, se sobresaltó. Al percatarse de que lo volvería a hacer, instintivamente se movió a un lado y el brebaje cayó sobre las candelas encendidas. Grandes lenguas de fuego se alzaron, llegando al techo de palma; en un santiamén, las llamas calcinaron todo. Nada fue suficiente para apagarlo, y en medio de la desolación, se escuchaban los gritos de la madre del niño.
La gente que se había arremolinado, veía sin creer lo que pasaba, y lo más que hacía era llevar agua para evitar que el cuerpo de don Andrés siguiera quemándose. Todos tenían los ojos entre las cenizas, tratando de descubrir los restos del mocoso; pensaron que por ser tan delgado, se habría consumido con rapidez, sin dejar rastro.
— ¡Allá está Jesusito! ¡Allá está! —tronó un grito en medio del silencio.
El Comisariado de tierras apuntaba con la mano y todos levantaron la mirada. Estaba enredado entre las horquetas del árbol, con los ojos adormilados como si acabara de despertar de un mal sueño.
La partera, al conocer los hechos, no tuvo dudas de que sólo una tona podía haber salvado al güero de morir por el fuego. Movió la cabeza, y pensó: El camino de los santos y de la tona es infinito, ¡quién iba a creer que un ave lo cuidaría! Se persignó, y con una piedra poma comenzó a afilarse la uña del dedo índice derecho; la que utilizaba para romper las fuentes y aprontar los partos

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